El relato ‘De excusión’, de Alba Moreno, ha quedado finalista, y ‘El bus de las croquetas’, de Cristofer David Amaya, obtiene el premio en la categoría juvenil
Zaragoza, 3 de junio de 2026.- El V Premio AVANZA de Microrrelatos ‘Historias de autobús’, convocado por AVANZA y la Feria del Libro de Zaragoza, ha recaído en el relato ‘La parada de siempre’, de Luisa María Mullor Sarsa. El relato finalista ha sido ‘De excusión’, de Alba Moreno, mientras que ‘El bus de las croquetas’, obra de Cristofer David Amaya Olmos, ha obtenido el premio en la categoría Juvenil. El relato ganador recibe un premio de 500 euros y el finalista de 200 euros, mientras que la categoría Juvenil está dotada con 100 euros canjeables por libros en las editoriales y librerías asociadas.

El fallo del jurado se ha hecho público esta tarde durante un acto, organizado en el marco de la Feria del Libro de Zaragoza, en el que Ana Rodríguez, gerente de Comunicación de AVANZA Zaragoza, David Viñuales, presidente de la Comisión Permanente del Libro de Zaragoza (COPELI) y Mariela Cisneros, secretaria de la Asociación Aragonesa de Editores (AEDITAR), han hecho entrega de los premios a los autores.
A este galardón literario, en su quinta edición, han concurrido entorno a 200 escritoras y escritores con sus relatos. El jurado, formado por representantes de AVANZA, COPELI y las Asociaciones Aragonesas de Escritores, Libreros y Editores, ha destacado la calidad literaria de los textos y su creatividad, así como la puesta en valor del autobús en la vida cotidiana de las personas.
El Premio AVANZA de Microrrelatos pretende incentivar la creación literaria y la participación ciudadana, fomentar el uso del autobús urbano y llevar el nombre de la Feria del Libro a todos los rincones de la ciudad.
LA PARADA DE SIEMPRE
Conduzco la misma línea desde hace once años. Sé dónde suben las mochilas, dónde se llenan los carros de la compra y en qué semáforo todos miran el móvil. Ella subía en la Aljafería, a las nueve y siete. Abrigo gris, bolso negro, bastón sin necesidad y una bolsa de mandarinas que fingía traer para cualquiera. Se sentaba detrás de mi cabina, justo donde podía verme por el espejo. Nunca me llamaba por mi nombre. Le bastaba con decirme algo cada día.
“Come algo caliente”. “Córtate el pelo”. “No corras, aunque vayas tarde”.
Los pasajeros sonreían. Yo miraba al frente, como hacen los conductores cuando no quieren que se les note la vida. Un miércoles no apareció. Tampoco el jueves. El viernes, al llegar a su parada, frené despacio. No había nadie bajo la marquesina, pero abrí las puertas. Nadie subió.
Desde entonces sigo cumpliendo la ruta. Marco los tiempos, anuncio las paradas, saludo a los mismos desconocidos. La ciudad no se detuvo cuando murió mi madre. Yo, en cambio, sigo llegando a la Aljafería como quien llega a una habitación de hospital. Por eso dejo las puertas abiertas unos segundos más. Sé que no va a subir. Pero aún no he aprendido a arrancar sin que mi madre me diga que tenga cuidado.
Luisa María Mullor Sarsa
DE EXCUSIÓN
-Profe, ¿y si no cabemos todos? -me pregunta María.
Son 38 alumnos y nosotras solo dos profesoras. La verdad es que no sé qué responder, porque en realidad, son 38 adolescentes, y esos son muchos para tan pronto por la mañana. Pero los tengo alrededor con sus tarjetas bus en la mano, las sonrisas puestas, y no puedo evitar sonreír. El conductor es amable cuando las puertas se abren. Mis alumnos le dicen buenos días, y él les responde a todos, sin saltarse a ninguno, ni siquiera a ese que le suelta un “bro” antes de correr a por un asiento. La mirada que me dirige el conductor cuando paso mi tarjeta por el lector es una mezcla de comprensión y ánimo. Por supuesto, yo se la devuelvo: los dos tenemos que hacer este viaje. Algunos se sientan, otros permanecen de pie.
A la siguiente parada, una señora mayor entra con su bastón, y mis dos alumnos más macarrillas se levantan como un resorte. Insisten en que la señora se siente, le hacen reír, y la señora canta una oda a la juventud que les hace carcajearse a ellos. Tres paradas más allá, un papá con un carrito pone cara de susto al ver el bus tan lleno, pero mis chicas se agarran unas a otras para dejar sitio. La cara del papá cambia, se relaja. Y es entonces cuando me doy cuenta de que la respuesta a la pregunta de María es simple.
En el bus, cabemos todos.
Alba Moreno Sebastián
EL BUS DE LAS CROQUETAS
Subir al autobús en Zaragoza siempre es una aventura, pero hoy era una misión de alto riesgo. Tenía exactamente quince minutos para cruzar la ciudad, o llegaría tarde a mi primera cita. El problema es que mi madre me había interceptado en la puerta de casa: “Ya que vas hacia el centro, pásate por casa de la abuela y déjale esto”. Y así terminé en el bus, ensayando mi saludo más casual mientras protegía un táper lleno de croquetas caseras.
De repente, el conductor frenó en seco en una rotonda. Mi mochila salió volando y el contenedor se abrió en mitad del pasillo con un eco dramático. Hubo un segundo de silencio absoluto. Treinta pares de ojos se clavaron en mí. Con el movimiento del arranque, las seis croquetas empezaron a rodar pasillo abajo, perfectamente alineadas, como si compitieran en una carrera de Fórmula 1.
Una señora mayor paró la croqueta líder con el pie y me la tendió sonriendo: ¡Hijo, estas no se pueden perder, que huelen a gloria! Enseguida, un señor con corbata y un universitario se unieron al rescate del «equipo croqueta».
Llegué a mi cita a tiempo, sin dignidad, pero con el táper recuperado y una historia increíble que contar. Al final, el amor adolescente puede esperar, pero las croquetas de mamá son sagradas.
Cristofer David Amaya Olmos
